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En barco a la isla La
Tortuga
Refugio natural. Destino favorito de propietarios de
yates, lanchas y veleros, en la segunda isla del país
todos los fines de semana atracan embarcaciones de
distintos quilates frente a sus playas de arenas
coralinas. Un paseo en bote, desde Higuerote, invita al
viajero a descubrir sus bondades vírgenes.
Tras franquear los canales de Carenero y emprender rumbo
al noreste, el Sicania pierde la calma y comienza a
columpiarse en todas direcciones. El viejo bote
pesquero, propiedad de la familia Lli, remonta y
desciende las olas del mar Caribe en busca de su destino
final: la prístina isla La Tortuga, la segunda ínsula
más grande en extensión de Venezuela, después de
Margarita.
Los pasajeros, desparramados en la cubierta, permanecen
en silencio. La mayoría quiere escapar del mareo que
produce el porfiado vaivén, que durará al menos ocho
horas. Pero no siempre se anuncia tempestad. A veces, el
mar muestra su buen talante y consiente un sereno paseo.
Entonces, jubilosos, todos olvidan su letargo marino, se
levantan, cantan y bailan, bañados de mucho sol y una
brisa pertinaz.
Una bandada de delfines se acerca a saludar a los
viajeros.
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